Durante la estación de lluvias, la tierra aprovecha el agua para restablecer los nutrientes extraídos durante el periodo de crecimiento de las plantas.
A través de reacciones químicas, los elementos presentes en el sustrato se enlazan e ionizan en el agua llovida hasta llegar a un nuevo equilibrio, poniendo a disposición nuevos nutrientes para las plantas. Asimismo, aprovechando las heladas de invierno, la estructura del suelo también cambia, meteorizándose y disgregándose cada vez en materiales más finos y ricos en minerales.
Para que esto ocurra en nuestro huerto con más efectividad, debemos preparar el terreno, removerlo y esponjarlo para que sea capaz de recibir la mayor cantidad de agua posible. Esto se consigue mediante la labor de alzado.
El alzado es un volteo que se da a la tierra del huerto con la finalidad de esponjarla, rompiendo la costra superficial que impide el paso de agua de lluvia. Esta labor se suele realizar en grandes extensiones con el tractor y el arado de vertederas, aunque para un huerto pequeño como el nuestro, basta con una motoazada o incluso un azadón. Debemos procurar que la tierra superficial quede enterrada; a esto se le llama invertir horizontes, y realmente sirve para enterrar la materia vegetal de la superficie, y pueda formar, junto con las arcillas, los llamados complejos arcillo-húmicos. Éstos son como pequeños imanes que adsorben nutrientes y los mantienen a disposición de las plantas, evitando que se pierdan hacia capas inferiores, disueltos en agua. El mejor momento para alzar la tierra es en otoño, antes de la caída de las primeras lluvias.
Un consejo: Si dotamos a nuestra tierra de la suficiente materia orgánica, con aportes de compost o estiércol, evitaremos que se forme la dichosa costra superficial, a la vez que introduciremos de nuevo la materia vegetal que ha sido extraída con el cultivo del año pasado.