En las afueras del pueblo conquense de Pajares, junto a la carretera que comunica con Torrecilla, se alza un centenario quejigo de tronco hueco y poderosas ramas cuyo nombre da idea de su porte monumental.
El quejigo (Quercus faginea) es un árbol que puede llegar a alcanzar los 20 metros de altura, si bien en la naturaleza es más frecuente encontrarlo como arbolillo o mata por estar sus bosques tratados en forma de monte bajo, con frecuentes cortes a mata-rasa para la producción de leña.
En su forma arbórea, el quejido luce un tronco recto, de corteza gris parduzca que se va oscureciendo y agrietando con la edad.
El Dios de Pajares: un árbol de porte monumental
Junto al pequeño pueblo conquense de Pajares, se alza un impresionante quejigo de 18 metros de altura, con una gran copa de unos 15 metros de diámetro y un impresionante tronco hueco de de más de 5,5 metros de diámetro. Los vecinos del pueblo lo han bautizado como “El Dios de Pajares” por su majestuoso porte. Y cuentan que la oquedad de su tronco tiene origen natural, pero fue agrandada como consecuencia de un fuego que prendió una pastora del pueblo para ahuyentar a un lagarto que se había escondido en él y que acabó por consumir parte del tronco.
Se desconoce la edad concreta de este roble, aunque se estima que debe rondar los 400 años. Su estado de conservación es bastante bueno, pese al hueco del tronco. Cuenta con cuatro grandes ramas que se subdividen formando una copa ancha y densa.
El quejigo: un roble típicamente mediterráneo
El quejigo es una especie que tolera bastante bien los distintos tipos de suelo, aunque prefiere los de naturaleza caliza. Requiere unas condiciones parecidas a las de la encina, aunque necesita suelos algo más frescos y profundos.
Este roble presenta unas hojas pequeñas, de bordes dentados y con los dientes revueltos hacia arriba. Son marcescentes, lo que significa el árbol pierde sus hojas durante el otoño, pero éstas, ya secas, permanecen en las ramas hasta que brotan las nuevas hojas en la primavera.
Su fruto, una bellota, madura antes que la de la encina, por lo que resulta de interés en la montanera.
Son típicas de los quejigos y de otros robles las agallas, unas bolas de color marrón, del tamaño de una nuez y provistas de unos piquitos que a menudo llegan a formar una corona. Su interior es acorchado y esponjoso y son el resultado de la picadura de un insecto de la familia de los Cinípedos (género Cynips) sobre los brotes jóvenes para hacer la puesta, quedando los huevos protegidos por los tejidos tumorales producidos. Estas agallas son muy apreciadas por sus taninos que son empleados en usos medicinales y como curtientes y en la fabricación de tintas y colorantes.
El quejigo, como todas las especies del género Quercus, tiene un importante papel en el ecosistema como restaurador de suelos degradados, ya que regula las infiltraciones que se generan con las precipitaciones
Un árbol singular
No es frecuente encontrar en la naturaleza quejigos de porte arbóreo y de gran tamaño. Por eso, el Dios de Pajares es considerado un árbol singular de categoría sobresaliente. Y no es el único quejigo monumental de Cuenca, ya que hay otro ejemplar de parecidas características en el término municipal de Abia de la Obispalía, conocido con el nombre de “El roble de Cabrejas”.