Además de una serie de propiedades que distinguen a las leguminosas de otras plantas, las judías tienen la peculiaridad de que, al caer la noche, adoptan una especial posición de sueño. Sus peciolos se asientan sobre una especie de “cojín” (pulvínulo), que es un órgano que facilita que se produzca una variación de la presión celular en las diversas capas, que provoca los movimientos de las hojas. Las variaciones de las condiciones externas de luz y calor controlan estos movimientos y hacen que las hojas adopten diferentes posiciones.
En los días soleados, se encuentran en posición horizontal o incluso erguida, mientras que por la noche se inclinan hacia abajo y adoptan la posición de reposo o de sueño (movimiento de sueño). En algunos, las hojas experimentan otros movimientos y cambian de posición a un ritmo de pocos minutos, o reaccionan a estímulos externos –contacto, golpes…-
La judía es muy interesante en otro aspecto. Como está muy extendida y la conoce todo el mundo, se podría suponer que esto ocurre desde hace mucho tiempo. Los escritores latinos y griegos hablan constantemente de phaselos, phaseolos o phasiolos, en latín phaseolus, por lo que se pensaba que esta planta se podía identificar así sin más con la judía común: Phaseolus vulgaris. Además, se decía que la denominación francesa haricot procedía del griego arachos, nombre con el que se documentaban muchas legumbres. Es decir, que todo este lío greco-romano demuestra que nuestra judía común era conocida ya en la antigüedad. Sin embargo, la realidad es que ni en los hallazgos prehistóricos ni históricos se han podido descubrir restos de judías auténticas. Las que se han encontrado en Pompeya, por ejemplo, son judías espárrago (Vigna). Virgilio, en una de sus obras, escribe que en otoño se siembra Vilem phaseolum, pero es imposible que se refiriese a la judía común, ya que ésta hubiera pasado a mejor vida intentando soportar el frío invernal…
En la antigüedad, se aplicaron a diversas plantas estos nombres de modo indiscriminado, pero en la práctica se ha descubierto que las judías de los griegos o los romanos eran o habas comunes o judías espárrago. Se han hallado judías hasta en las sepulturas de Ancón (en Perú). En Europa, las primeras noticias que confirman la existencia de judías datan de la época del descubrimiento de América, donde debieron de introducirlas desconocidos. En las regiones cálidas del Nuevo Continente se cultivaban judías desde tiempos remotos, de forma que no se encuentran como plantas silvestres. En Europa sólo existían los nombres que se trasladaron a la nueva planta. De la misma forma que ocurre con el tabaco, dieron nombre a una planta nueva con una palabra ya existente.