Como las especias, la seda o las mejores esencias, la camelia (Camelia japonica) también nos llegó oriente.
Fue en el siglo XVI cuando los marineros europeos la trajeron al viejo continente importada de las selvas subtropicales asiáticas de donde es oriunda.
La también conocida como rosa del Japón pronto cautivó a los amantes de la estética jardinística y la botánica. Su bello porte, de entre 3 y 4 metros de altura, su cualidad de arbusto perenne de un follaje verde satinado y sobre todo la belleza de sus flores fueron motivos suficientes para su incorporación a la jardinería occidental.
Dos siglos más tarde los ingleses adoptaron la costumbre oriental de “beberse” en tisana una de las variedades de camelia más conocida, las hojas del árbol del té (Camelia sinensis) , algo que la mayoría de los bebedores de esta infusión desconocen.
Actualmente existen unas 10.000 variedades de camelias, fruto de cruces e hibridaciones, cuyas flores se diferencian según el número y composición de sus pétalos y la gama cromática que manifiestan. Así hay flores simples que recuerdan a la flor del escaramujo; las hay semidobles; con forma de anémona; otras son similares a las peonías; algunas casi calcadas a las rosas y otras más complejas se componen de hileras de pétalos superpuestos regulares e irregulares.
Las camelias abarcan un amplio abanico cromático que oscila entre el blanco más puro y luminoso y el rojo rabiosamente carmesí. Entre estos dos extremos encontramos todo tipo de tonos rosados y rojos, con diseños que incluyen los pétalos jaspeados.
También hay camelias que manifiestan flores de tonos distintos, por ejemplo, blancos y rosas, pero en ningún caso la bella flor de la camelia desprende alguna fragancia. Color para el jardín A lo largo de los años la camelia se ha ganado un puesto privilegiado como arbusto de flor por su llamativa presencia y , sobre todo, por tener la cualidad de florecer en los meses más fríos, cuando el jardín está más apagado y agradece un golpe de color. El precioso espectáculo de la floración se produce, según variedades, en tres periodos que se escalonan entre octubre y diciembre, diciembre y marzo o marzo y mayo.
La camelias aman los suelos ácidos, sin los cuales no pueden prosperar. Necesitan también un terreno rico en materia orgánica en descomposición y bien drenado. Aunque aguantan bien el frío es preferible ubicarlas al abrigo de los vientos para evitar que las heladas dañen los botones florales y que estén en situación de sombra o semisombra.
Las zonas templadas y húmedas de nuestra geografía son las más adecuadas, por eso el occidente asturiano y Galicia (sobre todo Pontevedra) ostenta el hábitat más agraciado para esta planta. La poda, aunque la admite sin problemas, no es necesaria salvo que se le quiera dar una forma recogida y regular. En estos casos se efectuará justo después de la floración. Una vez asentadas en el terreno, los arbustos comienzan a producir las flores de manera prolífica, tiñéndose completamente del color de su variedad. Su crecimiento es lento pero, con paciencia y si las condiciones de ubicación son buenas, podremos ver camelias de 4 o 5 metros de altura. Causan un atractivo efecto situadas en grupos en jardines de tipo rústico o boscoso.
Como individuos aislados lucen mejor junto a la casa, orientadas preferiblemente hacia el norte o noroeste.
Otra de sus virtudes es que a falta de un suelo apropiado se adaptan fácilmente a la vida en macetas, lo cual nos permite crear decorados florales según nuestro gusto.
Camelia de interior Situar la maceta en un sitio ventilado, fresco y claro, sin sol directo.
La temperatura invernal ha de mantenerse a 6-8 Cº.
Durante la formación de las yemas florales necesita 20-25ºC mientras que para su maduración no debe rebasar los 15ºC. En mayo la sacaremos al exterior.
La humedad ha de ser alta, regándola con agua blanda y evitando pulverizar las flores.
La tierra ha de componerte de marga libre de cal y musgo a partes iguales.